ponía a flotar sobre el agua en fuentes. El efecto era extraordinario al entrar a cenar con la luz del poniente. (Por supuesto, la tía Helena pensaba que era un pecado tratar las flores así). Luego se le olvidaba la esponja y corría por el pasillo desnuda. Aquella doncella vieja y hosca, Ellen Atkins, andaba refunfuñando: «¿Y si alguno de los caballeros la hubiera visto?». Cierto es que escandalizaba a la gente. Era descuidada, decía papá.
Lo extraño, al recordarlo, era la pureza, la integridad de su sentimiento hacia Sally. No era como el sentimiento de una hacia un hombre. Era completamente desinteresado y, además, poseía una cualidad que solo podía existir entre mujeres, entre mujeres recién salidas de la adolescencia.
Era protector, por su parte; brotaba de un sentimiento de complicidad mutua, del presentimiento de algo destinado a separarlas (hablaban siempre del matrimonio como de una catástrofe), lo cual conducía a esa hidalguía, a ese sentimiento protector que era mucho más de su parte que de la de Sally.
Porque en aquellos días era completamente temeraria; hacía las cosas más idióticas por bravuconería; daba paseos en bicicleta por el pretil de la terraza; fumaba puros. Absurda, era muy absurda. Pero el encanto era arrollador, al menos para ella, hasta el punto de poder recordar cómo se quedaba de pie en su dormitorio, en lo más alto de la casa, sosteniendo entre las manos la jarra de agua caliente y diciendo en voz alta: «Está bajo este techo. … ¡Está bajo este techo!».
No, las palabras ya no significaban absolutamente nada para ella. Ni siquiera podía captar el eco de su antigua emoción. Pero podía recordar cómo se quedaba helada de emoción y se arreglaba el pelo en una especie de éxtasis (ahora el viejo sentimiento empezaba a volver a ella, mientras se