pétalo azul, unos robles, y los hace rodar.
Pero era más tarde de lo que pensaba. A su madre no le gustaría que anduviera por ahí sola de ese modo. Volvió sobre sus pasos hacia el Strand.
Una ráfaga de viento (a pesar del calor, soplaba bastante viento) arrojó un velo negro y tenue sobre el sol y sobre la Strand. Los rostros se desvanecieron; los ómnibus perdieron de repente su brillo. Pues aunque las nubes eran de un blanco montañoso, de modo que uno podía imaginarse cortando a golpe de hacha duros cascotes, con amplias laderas doradas, praderas de celestiales jardines de recreo en sus flancos, y tenían toda la apariencia de moradas estables reunidas para la asamblea de los dioses por encima del mundo, había un movimiento perpetuo entre ellas. Se intercambiaban señales cuando, como para cumplir algún plan ya trazado, ora menguaba una cumbre, ora todo un bloque de