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nydus/Mrs. DallowayPublic
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La señora Dalloway

delgada y muy lejana cuando Peter Walsh cerró la

Acuérdate de mi fiesta, acuérdate de mi fiesta, dijo Peter Walsh al bajar por la calle, hablándose a sí mismo rítmicamente, al compás del flujo del sonido, del sonido directo y rotundo del Big Ben dando la media hora. (Los círculos de plomo se disolvieron en el aire.) ¿Oh, estas fiestas?, pensó; las fiestas de Clarissa. ¿Por qué da estas fiestas?, pensó. No es que la culpara a ella ni a este pelele de hombre con frac y clavel en el ojal que venía hacia su encuentro. Solo una persona en el mundo podía estar como estaba él, enamorado. Y allí estaba él, este hombre afortunado, él mismo, reflejado en el escaparate de un fabricante de automóviles en Victoria Street. Toda la India quedaba a sus espaldas; llanuras, montañas; epidemias de cólera; un distrito dos veces más grande que Irlanda; decisiones que había tomado a solas —él, Peter Walsh—; que ahora estaba, por primera vez en su vida realmente, enamorado. Clarissa se había vuelto dura, pensó; y un tanto sensacionalista además, sospechaba, al mirar los grandes automóviles capaces de hacer —¿cuántas millas con cuántos galones? Pues tenía cierta inclinación por la mecánica; había inventado un arado en su distrito, había encargado carretillas a Inglaterra, pero los culís no querían usarlas, todo lo cual Clarissa ignoraba por completo.

La forma en que dijo «¡Aquí está mi Elizabeth!»: aquello le molestó. ¿Por qué no simplemente «Aquí está Elizabeth»? Era fingido. Y a Elizabeth tampoco le gustaba. (Aún los últimos temblores de la gran voz retumbante agitaban el aire a su alrededor; la media hora; todavía temprano; apenas las once y media todavía.) Pues él comprendía a los jóvenes; le gustaban. Siempre había algo frío en Clarissa, pensaba. Ella siempre había tenido, incluso de muchacha, una especie de

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