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nydus/Mrs. DallowayPublic
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La señora Dalloway

La Reina yendo a algún hospital; la Reina inaugurando algún bazar, pensó Clarissa.

El gentío era tremendo para la hora que era. Lords, Ascot, Hurlingham, ¿qué era?, se preguntaba, pues la calle estaba cortada. La clase media británica, sentada de lado en lo alto de los ómnibus con paquetes y paraguas, sí, incluso abrigos de piel en un día como este, resultaba, pensaba ella, más ridícula, más distinta a cualquier cosa que hubiera existido jamás de lo que uno pudiera imaginar; y la reina misma detenida; la reina misma incapaz de pasar. Clarissa estaba suspendida a un lado de Brook Street; Sir John Buckhurst, el viejo juez, al otro, con el coche entre ambos (Sir John había sentado jurisprudencia durante años y le gustaba una mujer bien vestida), cuando el chófer, inclinándose apenas un instante, le dijo o le indicó algo al policía, quien saludó, levantó el brazo, sacudió la cabeza, hizo

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