bondadoso, sentía ella, y le tenía un afecto verdadero, pues estaba vinculado a su juventud, y todavía conservaba un pequeño ejemplar de Emily Brontë que él le había regalado, ¿y no iba a escribir, acaso? Por entonces él iba a escribir.
—¿Has escrito? —le preguntó, extendiendo la mano, su mano firme y bien formada, sobre la rodilla de un modo que él recordaba.
—¡Ni una palabra! —dijo Peter Walsh, y ella se echó a reír.
Todavía era atractiva, todavía era un personaje, Sally Seton. Pero ¿quién era ese Rosseter? Había llevado dos camelias el día de su boda; era lo único que Peter sabía de él. «Tienen miríadas de sirvientes, millas de invernaderos», había escrito Clarissa; algo así. Sally lo reconoció con una carcajada.
“Sí, tengo diez mil al año” —si era antes de pagar los impuestos o después, no lo recordaba, pues su marido, “a quien debes conocer”, decía, “a quien te gustaría”, decía, se encargaba de todo eso por ella.
Y Sally solía ir hecha unos trapos. Había empeñado el anillo de su bisabuelo —que le había regalado María Antonieta—, ¿lo recordaba bien?, para venir a Bourton.
Oh sí, Sally se acordaba; todavía lo tenía, un anillo de rubíes que María Antonieta le había regalado a su bisabuelo. Por entonces nunca tenía un céntimo en el bolsillo, y ir a Bourton siempre significaba algún apuro espantoso. Pero ir a Bourton había significado tanto para ella —la había mantenido en su sano juicio, creía, de lo infeliz que había sido en su casa. Pero todo aquello era cosa del pasado —todo había terminado ya, decía. Y el señor Parry había muerto; y la señorita Parry seguía viva. ¡Jamás había tenido un susto igual en su vida!, decía Peter. Había estado completamente seguro de que ella había muerto. ¿Y el matrimonio había sido, suponía