abadía, donde, alzando las manos formando una tienda ante su rostro, se sentó junto a los que también se habrían acogido allí en busca de refugio; los feligreses de la más variada índole, despojados ya de rango social, casi de sexo, al tiempo que alzaban las manos ante el rostro; pero una vez que se las quitaban, al instante devotos, hombres y mujeres de clase media, ingleses, algunos de los cuales deseaban ver las figuras de cera.
Pero la señorita Kilman se puso las manos a modo de tienda ante la cara. Ahora estaba abandonada; ahora, de nuevo acompañada. Nuevos fieles entraban de la calle para reemplazar a los paseantes, y todavía, mientras la gente contemplaba el lugar y desfilaba junto a la tumba del Soldado Desconocido, todavía se cubría los ojos con los dedos e intentaba en esta doble oscuridad, pues la luz de la abadía carecía de cuerpo, aspirar por encima de las vanidades, los deseos, los bienes terrenales, librarse tanto del odio como del amor.
Le temblaban las manos. Parecía luchar. Sin embargo, para otros Dios era accesible y el camino hacia Él, llano. El señor Fletcher, jubilado del Tesoro, la señora Gorham, viuda del famoso abogado, se acercaban a Él con sencillez y, terminadas sus oraciones, se reclinaban, disfrutaban de la música (el órgano sonaba con dulce estruendo) y veían a la señorita Kilman al final del banco, rezando, rezando, y, hallándose aún en el umbral de su submundo, pensaban en ella con simpatía como en un alma que vagaba por el mismo territorio; un alma esculpida en sustancia inmaterial; no una mujer, un alma.
Pero el señor Fletcher tenía que irse. Tenía que pasar junto a ella, y como él mismo iba impecable, hecho un pincel, no pudo evitar sentirse un poco turbado por el desaliño de la