de una señora. Peter Walsh soltó una carcajada.
Pero Lucrezia Warren Smith se decía a sí misma: Es perverso; ¿por qué tengo que sufrir?, se preguntaba, mientras caminaba por el sendero ancho.
No; ya no lo soporto más, se decía, tras haber dejado a Septimus, que ya no era Septimus, diciendo cosas duras, crueles, perversas, hablándose a sí mismo, hablando con un muerto, en aquel banco de allí; cuando la niña tropezó de lleno con ella, cayó de bruces y rompió a llorar.
Eso era más bien consolador. La puso de pie, le sacudió el vestido, la besó.
Pero ella por su parte no había hecho nada malo; había amado a Septimus; había sido feliz; había tenido un hermoso hogar, y allí vivían aún sus hermanas, haciendo sombreros. ¿Por qué iba a sufrir?
El niño volvió corriendo directamente junto a su niñera, y Rezia la vio regañada, consolada, tomada en brazos