tal vez estuviera siendo ella al pensar en el pasado. Qué pensaría, se preguntaba, cuando volviera.
¿Que había envejecido? ¿Diría eso, o vería ella que él pensaba, al regresar, que ella había envejecido? Era verdad. Desde su enfermedad se había vuelto casi blanca.
Dejando el broche sobre la mesa, le dio un espasmo repentino, como si, mientras cavilaba, las garras heladas hubieran tenido la oportunidad de clavarse en ella. Aún no era vieja. Acababa de estrenar su cincuenta y dos cumpleaños. Meses y meses de él seguían intactos. ¡Junio, julio, agosto! Cada uno seguía casi entero y, como para atrapar la gota que cae, Clarissa (caminando hacia el tocador) se adentró en el corazón mismo del instante, lo inmovilizó allí —el instante de esta mañana de junio sobre la cual pesaban todas las demás mañanas—, contemplando de nuevo el espejo, el tocador y todos los frascos, reuniéndose por entero en un solo punto (mientras miraba en el espejo), viendo el delicado rostro rosado de la mujer que esa misma noche iba a dar una fiesta; de Clarissa Dalloway; de ella misma.
¡Cuántos millones de veces había visto su rostro, y siempre con la misma contracción imperceptible! Frunció los labios al mirarse al espejo. Era para darle expresión a su cara. Ese era su ser: incisivo; dardo; definido. Ese era su ser cuando algún esfuerzo, algún llamamiento a ser ella misma, unía las piezas, ella sola sabía cuán diferentes, cuán incompatibles y compuestas así para el mundo únicamente en un solo centro, en un solo diamante, en una sola mujer que se sentaba en su salón y creaba un punto de encuentro, una radiancia sin duda en algunas vidas grises, un refugio al que acudían los solitarios, tal vez; había ayudado a los jóvenes, que se lo agradecían; había intentado ser siempre la misma,