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nydus/Mrs. DallowayPublic
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La señora Dalloway

enfrente piuló Septimus, Septimus, cuatro o cinco veces y continuó, alargando sus notas, para cantar de forma fresca y penetrante en palabras griegas cómo no hay crimen y, unido a otro gorrión, cantaron con voces prolongadas y penetrantes en palabras griegas, desde los árboles en la pradera de la vida más allá de un río donde los muertos caminan, cómo no hay muerte.

Ahí estaba su mano; allí el muerto. Cosas blancas se agolpaban tras las verjas de enfrente. Pero no se atrevía a mirar. ¡Evans estaba tras las verjas!

—¿Qué dices? —dijo Rezia de repente, sentándose a su lado.

¡Interrumpida otra vez! Siempre estaba interrumpiendo.

Lejos de la gente —tenían que alejarse de la gente, dijo (incorporándose de un salto)—, justo allí enfrente, donde había unos sillas bajo un árbol y la larga pendiente del parque descendía como una pieza de tela verde con un toldo de techo de humo azul y rosa muy arriba, y había un baluarte de casas lejanas e irregulares difuminadas por el humo, el tráfico zumbaba en círculo y, a la derecha, animales de color pardo estiraban los largos cuellos por encima de las empalizadas del zoo, ladrando, aullando. Allí se sentaron bajo un árbol.

—Mira —le suplicó, señalando a un pequeño grupo de muchachos que cargaban bates de críquet, y uno arrastró los pies, giró sobre sus talones y volvió a arrastrarlos, como si estuviera haciendo de payaso en el music-hall.

—Mira —le suplicó ella, pues el doctor Holmes le había dicho que le hiciera reparar en las cosas reales, que fuera a un teatro de variedades, que jugara al críquet; ese era el juego exacto, había dicho el doctor Holmes, un buen juego al aire libre, justo el juego para su marido.

“Mira”, repitió ella.

Mira, le ordenaba lo invisible, la voz que ahora

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