con ellos. ¡Pero qué noche tan extraordinaria! Se sentía de algún modo muy parecida a él—el joven que se había suicidado. Se sentía satisfecha de que lo hubiera hecho; de haberlo tirado todo por la borda mientras ellos seguían viviendo. El reloj estaba dando las horas. Los círculos de plomo se disolvieron en el aire.
Pero tenía que volver. Tenía que reunirse. Tenía que encontrar a Sally y a Peter. Y entró desde el cuartito.
“Pero ¿dónde está Clarissa?”, dijo Peter. Estaba sentado en el sofá con Sally. (Después de todos estos años, de verdad no podía llamarla «Lady Rosseter»).
«¿A dónde se ha ido esta mujer?», preguntó. «¿Dónde está Clarissa?».
Sally suponía, y Peter también a decir verdad, que había personas importantes, políticos, a los que ninguno de los dos conocía salvo de vista en las revistas ilustradas, con los que Clarissa tenía que portarse bien, con los que tenía