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nydus/Mrs. DallowayPublic
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La señora Dalloway

absoluto, ya que su experiencia le indicaba que el éxtasis religioso volvía a la gente insensible (al igual que las causas); embotaba sus sentimientos, pues la señorita Kilman haría cualquier cosa por los rusos, se moría de hambre por los austriacos, pero en privado infligía un verdadero tormento, tan insensible era, vestida con un abrigo impermeable verde.

Año tras año llevaba aquel abrigo; sudaba; no pasaba cinco minutos en la habitación sin hacerte sentir su superioridad, tu inferioridad; lo pobre que era; lo rica que tú eras; cómo vivía en un suburbio sin un cojín ni una cama ni una alfombra ni lo que fuera, con toda el alma enmohecida por aquel resentimiento clavado en ella, su destitución de la escuela durante la guerra⁠—¡pobre, amargada, desdichada criatura!

Porque no era a ella a quien una odiaba, sino a su idea, la cual sin duda había congregado en su seno muchísimo que no pertenecía a la señorita Kilman; se había convertido en uno de esos espectros con los que uno combate por la noche; uno de esos espectros que se nos ponen a horcajadas y nos sorben media sangre vital, dominadores y tiranos; ¡pues sin duda con otra tirada de dados, de haber salido cara la negra y no la blanca, habría amado a la señorita Kilman! Pero no en este mundo. No.

Le irritaba, sin embargo, tener removiéndose dentro de sí a este monstruo brutal; ¡oír ramitas crujir y sentir pezuñas plantadas en las profundidades de ese bosque cubierto de hojas, el alma!; no estar nunca del todo satisfecha, ni del todo segura, pues en cualquier momento el bruto se agitaría, este odio, que, sobre todo desde su enfermedad, tenía el poder de hacerla sentir raspada, lastimada en la columna; le causaba dolor físico, ¡y hacía que todo placer en la belleza, en

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