que no viera a Septimus.
Ambos parecían extraños, pensó Maisie Johnson. Todo parecía muy extraño.
En Londres por primera vez, llegada para ocupar un puesto en la oficina de su tío en Leadenhall Street, y ahora paseando por Regent’s Park por la mañana, aquella pareja en los asientos le dio un vuelco: la joven parecía extranjera, el hombre tenía un aspecto extraño; de modo que, si llegara a ser muy anciana, todavía lo recordaría y haría resonar de nuevo entre sus recuerdos cómo había paseado por Regent’s Park en una hermosa mañana de verano cincuenta años atrás.
Pues solo tenía diecinueve años y por fin se había salido con la suya, venir a Londres; y ahora, qué extraño era todo: esta pareja a la que había pedido indicaciones, y la muchacha que se había sobresaltado y retirado la mano de un golpe, y el hombre —que le pareció terriblemente raro—; peleándose, tal