saliera herido en sus sentimientos. Más dura que una piedra era ella—Betty No-sé-cuántos—; pero una bellísima persona. Sería una esposa estupenda a los treinta años—se casaría cuando le conviniera casarse; se casaría con algún hombre rico y viviría en una gran casa cerca de Mánchester.
¿Quién había sido ahora la que había hecho aquello?, se preguntó Peter Walsh, al entrar en el Broad Walk—¿haberse casado con un hombre rico y vivir en una gran casa cerca de Manchester? ¿Alguien que le había escrito una carta larga y efusiva hacía muy poco sobre «hortensias azules»? Había sido ver unas hortensias azules lo que le hizo pensar en él y en los viejos tiempos—¡Sally Seton, por supuesto! Era Sally Seton—¡la última persona en el mundo de quien uno habría esperado que se casara con un hombre rico y viviera en una gran casa cerca de Manchester, la indómita, la audaz, la romántica Sally!
Pero de toda aquella vieja camarilla, los amigos de Clarissa —los Whitbread, los Kinderley, los Cunningham, los Kinloch-Jones—, Sally era probablemente la mejor. Al menos intentaba agarrar las cosas por el buen mango. Al menos calaba a Hugh Whitbread —el admirable Hugh— cuando Clarissa y los demás se rendían a sus pies.
“¿Los Whitbread?” podía oírla diciendo. “¿Quiénes son los Whitbreads? Carboneros. Gente respetable de comercio”.
A Hugh lo detestaba por alguna razón. No pensaba en nada más que en su propia apariencia, decía ella. Debería haber sido duque. Con toda seguridad se casaría con una de las princesas reales. Y por supuesto Hugh sentía el respeto más extraordinario, más natural y más sublime por la aristocracia británica que jamás hubiera conocido ser humano alguno. Hasta Clarissa tenía que reconocerlo. ¡Vaya, pero si era un encanto, tan desinteresado, que renunciaba a la caza para complacer a su anciana madre—se acordaba de los