una muchacha de ojos redondos y cara pálida, que no tenía nada de su madre, una criatura silenciosa y flemática, que se lo tomaba todo con naturalidad, dejaba que su madre armara alboroto por ella, y luego decía «¿Puedo irme ya?» como una niña de cuatro años; marchándose, le explicó Clarissa, con esa mezcla de diversión y orgullo que el propio Dalloway parecía despertar en ella, a jugar al hockey. Y ahora Elizabeth ya se había «presentado en sociedad», presumiblemente; lo consideraba un vejorio, se reía de los amigos de su madre.
Ah well, so be it. The compensation of growing old, Peter Walsh thought, coming out of Regent’s Park, and holding his hat in hand, was simply this; that the passions remain as strong as ever, but one has gained—at last!—the power which adds the supreme flavour to existence—the power of taking hold of experience, of turning it round, slowly, in the light.
Era una confesión terrible (se volvió a poner el sombrero), pero ahora, a los cincuenta y tres años, uno casi ya no necesitaba a la gente.
La vida misma, cada momento de ella, cada gota de ella, aquí, en este instante, ahora, al sol, en Regent’s Park, era suficiente. Demasiado, en verdad.
Toda una vida era demasiado corta para extraer, ahora que uno había adquirido el poder, todo el sabor; para exprimir hasta la última pizca de placer, cada matiz de significado; los cuales eran ahora mucho más sólidos de lo que solían ser, mucho menos personales.
Era imposible que volviera a sufrir jamás como Clarissa lo había hecho sufrir. ¡Durante horas enteras (¡quiera Dios que uno pueda decir estas cosas sin que lo oigan!), durante horas y días no pensaba en Daisy.
¿Sería que entonces estuvo enamorado de ella, recordando la miseria, la tortura, la extraordinaria pasión de