desperdiciaban el tiempo discutiendo. Ya iba a mitad de camino hacia la Cámara de los Comunes, hacia sus armenios, sus albaneses, después de haberla instalado en el sofá, mirando sus rosas. Y la gente diría: «Clarissa Dalloway es una mimada». A ella le importaban mucho más sus rosas que los armenios. Perseguidos hasta la extinción, mutilados, congelados, víctimas de la crueldad y la injusticia (ella se lo había oído decir a Richard una y otra vez)—no, no lograba sentir nada por los albaneses, ¿o eran los armenios? pero amaba sus rosas (¿no ayudaba eso a los armenios?)—, las únicas flores que soportaba ver cortadas. Pero Richard ya estaba en la Cámara de los Comunes; en su comité, tras haber resuelto todos sus apuros. Pero no; ay, eso no era verdad. Él no veía las razones en contra de invitar a Ellie Henderson. Lo haría, por supuesto, tal como él deseaba. Puesto que él había traído los cojines, ella se tumbaría. … Pero—pero—¿por qué de repente se sentía, sin motivo alguno que pudiera descubrir, desesperadamente infeliz? Como una persona que ha dejado caer un grano de perla o de diamante en la hierba y separa los altos tallos con mucho cuidado, a un lado y a otro, y busca aquí y allá en vano, y al fin lo avista allí en las raíces, así fue repasando una y otra cosa; no, no era que Sally Seton dijera que Richard jamás llegaría al Gabinete porque tenía un cerebro de segunda (le vino a la memoria); no, eso no le importaba; ni tampoco tenía que ver con Elizabeth ni con Doris Kilman; eso eran hechos. Era un sentimiento, cierto sentimiento desagradable, más temprano ese día tal vez; algo que Peter había dicho, combinado con cierta depresión propia, en su dormitorio, al quitarse el sombrero; y lo
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La señora Dalloway
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