tiempo de avisar a la señora Williams, y la verdad es que a Rezia le parecía muy, muy molesto, cuando vio el sombrero y pensó... tal vez... ella... podría hacerle un pequeño arreglo... Su voz se apagó en una melodía satisfecha.
“¡Ah, maldita sea!”, exclamó (era una broma entre ellos, aquello de decir palabrotas); la aguja se había roto.
- Sombrero, niña, Brighton, aguja.
Lo fue construyendo; primero una cosa, luego otra, lo fue construyendo, cosiendo.
Ella quería que él dijera si al mover la rosa había mejorado el sombrero. Estaba sentada en el extremo del sofá.
Eran perfectamente felices ahora, dijo, de repente, dejando el sombrero. Pues ahora podía decirle cualquier cosa. Podía decir lo que se le pasara por la cabeza. Eso fue casi lo primero que había sentido por él, aquella noche en el café cuando él había entrado con sus amigos ingleses. Había entrado con cierta timidez, mirando a su alrededor, y su sombrero se había caído al colgarlo. Eso lo recordaba. Sabía que era inglés, aunque no de los ingleses grandes que admiraba su hermana, pues siempre era delgado; pero tenía un hermoso color fresco; y con su gran nariz, sus ojos brillantes, su manera de sentarse un poco encorvado, le hacía pensar, a menudo le había dicho, en un joven halcón, aquella primera noche en que lo vio, cuando jugaban al dominó, y él había entrado—en un joven halcón; pero con ella era siempre muy amable. Nunca lo había visto desatado ni borracho, solo sufriendo a veces por esta terrible guerra, pero aun así, cuando ella entraba, él lo dejaba todo a un lado. Cualquier cosa, cualquier cosa en el mundo entero, cualquier pequeño fastidio con su trabajo, cualquier cosa que se le ocurriera decir se lo contaría, y él lo comprendía al instante. Su propia familia ni