El doctor Holmes podía decir que no pasaba nada. ¡Mucho antes preferiría que estuviera muerto! No podía sentarse a su lado cuando él se quedaba así mirando, sin verla, y lo volvía todo terrible; el cielo y los árboles, los niños jugando, tirando de carritos, haciendo sonar silbatos, cayéndose; todo era terrible. Y él no quería matarse; y no podía decírselo a nadie. «Septimus ha estado trabajando demasiado», eso era todo lo que podía decirle a su propia madre. Amar vuelve a uno solitario, pensaba. No podía decírselo a nadie, ni siquiera a Septimus ahora, y al mirar atrás, lo veía sentado en su abrigo raído, solo, en el banco, encorvado, mirando fijamente. Y era de cobardes que un hombre dijera que iba a matarse, pero Septimus había luchado; era valiente; ya no era Septimus. Se puso su cuello de encaje. Se puso su sombrero nuevo y él ni se dio cuenta; y él era feliz sin ella. ¡Nada podía hacerla feliz sin él! ¡Nada! Era egoísta. Así son los hombres. Pues no estaba enfermo. El doctor Holmes dijo que no le pasaba nada. Extendió la mano ante ella. ¡Mira! Su alianza se le resbalaba; se había vuelto tan delgada. Era ella quien sufría, pero no tenía a nadie a quien contárselo.
Lejos quedaban Italia y las casas blancas y la habitación donde sus hermanas sentíanse a hacer sombreros, y las calles atestadas todas las tardes de gente caminando, riendo a carcajadas, ¡no medio vivas como la gente de aquí, acurrucadas en sillones de tijera, mirando unas pocas flores feas metidas en tiestos!
“Pues deberías ver los jardines de Milán”, dijo en voz alta. ¿Pero a quién?
No había nadie. Sus palabras se esfumaron. Así se esfuma un cohete. Sus chispas, tras abrirse paso rozando la noche, se rinden ante ella, la oscuridad