por primera vez desde que se habían casado. A lo lejos oyó sus sollozos; los oyó con precisión, los notó claramente; los comparó con el pistón de una máquina. Pero no sintió nada.
Su mujer estaba llorando, y él no sentía nada; solo que, cada vez que ella sollozaba de aquel modo profundo, de aquel modo silencioso, de aquel modo desesperado, él descendía un peldaño más hacia el abismo.
Por fin, con un gesto melodramático que adoptó mecánicamente y con plena conciencia de su insinceridad, dejó caer la cabeza entre las manos.
Ahora se había rendido; ahora los demás debían ayudarlo.
Había que mandar a buscar a alguien.
Se dio por vencido.
Nada lograba sacarlo de su estado. Rezia lo acostó. Fue a buscar un médico: el doctor Holmes de la señora Filmer. El doctor Holmes lo examinó. No le pasaba absolutamente nada, dijo el doctor Holmes. ¡Oh, qué alivio! ¡Qué hombre tan amable, qué hombre tan bueno!, pensó Rezia. Cuando se sentía así, él iba al Music Hall, dijo el doctor Holmes. Se tomaba un día libre con su esposa y jugaba al golf. ¿Por qué no probar dos tabletas de bromuro disueltas en un vaso de agua antes de acostarse? Estas viejas casas de Bloomsbury, dijo el doctor Holmes, golpeando la pared con los nudillos, suelen estar llenas de boiserie muy fina, que los propietarios tienen la necedad de empapelar por encima. El otro día sin ir más lejos, al visitar a un paciente, sir Alguien Algo en Bedford Square—
De modo que no había excusa; nada en absoluto de qué quejarse, salvo el pecado por el cual la naturaleza humana lo había condenado a muerte; eso no lo sentía. No le había importado cuando mataron a Evans; eso era lo peor; pero todos los demás crímenes levantaban la cabeza