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nydus/Mrs. DallowayPublic
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La señora Dalloway

porque tenía hambre por la noche; fumaba puros en su dormitorio; se dejó un libro de valor incalculable en la barca. Pero todo el mundo la adoraba (excepto tal vez papá). Era su calidez; su vitalidad⁠—pintaba, escribía. Las ancianas del pueblo hasta el día de hoy no olvidaban preguntar por «su amiga de la capa roja que parecía tan alegre». Acusó a Hugh Whitbread, nada menos (y ahí estaba, su viejo amigo Hugh, hablando con el embajador de Portugal), de besarla en el salón de fumadores para castigarla por decir que las mujeres debían tener derecho al voto. Los hombres vulgares lo hacían, decía. Y Clarissa recordaba haber tenido que persuadirla para que no lo denuncie en las plegarias familiares⁠—cosa que era capaz de hacer con su osadía, su temeridad, su amor melodramático por ser el centro de todo y armar escándalos, y estaba destinado, solía pensar Clarissa, a terminar en alguna tragedia espantosa; su muerte; su martirio; en lugar de lo cual se había casado, de manera totalmente inesperada, con un calvo con una gran flor en el ojal que poseía, según decían, hilaturas de algodón en Mánchester. ¡Y tenía cinco chicos!

Ella y Peter se habían instalado juntos. Estaban hablando: les parecía de lo más natural, eso de estar hablando. Hablaban del pasado. Con los dos (incluso más que con Richard) compartía su pasado; el jardín; los árboles; el viejo Joseph Breitkopf cantando a Brahms sin voz; el papel pintado de la salita; el olor de las esteras. Una parte de esto tenía que ser siempre de Sally; tenía que ser siempre de Peter. Pero ella tenía que dejarlos. Ahí estaban los Bradshaw, a quienes no soportaba.

Tiene que acercarse a Lady Bradshaw (de gris y plateado, equilibrándose como un león marino al borde de su estanque, ladrando en busca de

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