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nydus/Mrs. DallowayPublic
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La señora Dalloway

con ejemplares del Tatler y botellas de agua de seltz parecieron aprobarlo; parecieron indicar el trigo fecundo y las casas solariegas de Inglaterra; y devolver el frágil zumbido de las ruedas del motor como las paredes de una galería de los susurros devuelven una sola voz amplificada y hecha sonora por la fuerza de una catedral entera. Moll Pratt, envuelta en su chal y con sus flores en la acera, le deseó lo mejor al querido muchacho (era el Príncipe de Wales sin lugar a dudas) y habría arrojado a St. James’s Street el precio de un tarro de cerveza —un ramo de rosas— por pura alegría y desprecio a la pobreza si no hubiera visto la mirada del gendarme sobre ella, desanimando la lealtad de una vieja irlandesa. Los centinelas en St. James’s saludaron; el policía de la reina Alejandra dio su aprobación.

Una pequeña multitud, entretanto, se había congregado a las puertas del Palacio de Buckingham. Apáticos, pero confiados, pobres todos ellos, esperaban; * miraban el Palacio mismo con la bandera izada; * a Victoria, ondeando sobre su montículo, admiraban sus terrazas de agua corriente, sus geranios; * distinguían de entre los automóviles en el Mall primero a éste, luego a aquél; * prodigaban emoción, en vano, sobre plebeyos que daban un paseo; * retenían su tributo para guardarlo intacto mientras pasaba este coche y el otro; * y todo el tiempo dejaban que el rumor se acumulara en sus venas y estremeciera los nervios de sus muslos ante la idea de la Realeza mirándoles; la Reina inclinándose; el Príncipe saludando; ante la idea de la vida celestial divinamente concedida a los Reyes; de los caballerizos y las profundas reverencias; de la antigua casa de muñecas de la Reina; de la princesa María casada con un inglés, y el Príncipe⁠—¡ah, el Príncipe!,

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