se preguntó; y reflexionó sobre cómo podría inculcarle el gusto por Antonio y Cleopatra y lo demás; le prestaba libros; le escribía papelitos con cartas; y encendía en él un fuego de esos que solo arden una vez en la vida, sin calor, agitando una llama de oro rojo infinitamente etérea e insustancial sobre la señorita Pole; Antonio y Cleopatra; y la calle Waterloo Road. Él la creía hermosa, la juzgaba impecablemente sabia; soñaba con ella, le escribía poemas que ella, sin hacer caso del tema, le corregía con tinta roja; una tarde de verano la vio paseando con un vestido verde por una plaza. «Ha florecido», habría dicho el jardinero, de haber abierto la puerta; de haber entrado, es decir, cualquier noche por estas fechas, y haberlo encontrado escribiendo; haberlo encontrado rompiendo lo que escribía; haberlo encontrado terminando una obra maestra a las tres de la madrugada y saliendo corriendo a recorrer las calles, y visitando iglesias, y ayunando un día, bebiendo al otro, devorando a Shakespeare, a Darwin, La historia de la civilización y a Bernard Shaw.
Algo pasaba, lo sabía el señor Brewer; el señor Brewer, el gestor principal de Sibleys y Arrowsmiths, subastadores, tasadores, agentes inmobiliarios y de fincas; algo pasaba, pensó, y, siendo paternal con sus muchachos, y teniendo en altísima estima las capacidades de Smith, y vaticinando que él, en diez o quince años, heredaría el sillón de cuero del despacho interior bajo la claraboya rodeado de cajas de caudales, «si conserva la salud», decía el señor Brewer, y ese era el peligro—tenía un aspecto delicado—; le aconsejaba jugar al fútbol, lo invitaba a cenar y estaba viendo el modo de plantearse recomendarle un aumento de sueldo, cuando sucedió algo que echó por tierra muchos de los cálculos del señor Brewer, se llevó a sus jóvenes