en el fondo —había que reconocerlo, una snob. Y era eso lo que se interponía entre ellas, estaba convencida. Clarissa pensaba que se había casado por debajo de su clase, siendo su marido —y ella estaba orgullosa de ello— hijo de un minero. Cada centavo que tenían lo había ganado él. De pequeño (su voz temblaba) había cargado con grandes sacos.
(Y así seguiría, sentía Peter, hora tras hora; el hijo del minero; la gente creía que se había casado por debajo de su clase; sus cinco hijos; y cuál era la otra cosa—plantas, hortensias, lindas, unos lirios de hibisco rarísimos que jamás crecen al norte del canal de Suez, pero ella, con un solo jardinero en un suburbio cerca de Mánchester, tenía bancales de ellos, ¡positivamente bancales! De todo eso se había librado Clarissa, tan poco maternal como era.)
¿Que era una snob? Sí, en muchos aspectos.
¿Dónde estaba ella, todo este tiempo? Se estaba haciendo tarde.
—Sin embargo —dijo Sally—, cuando me enteré de que Clarissa iba a dar una fiesta, sentí que no podía no venir, tenía que verla otra vez (y me estoy quedando en Victoria Street, prácticamente al lado). Así que vine sin invitación. Pero —susurró—, dime, anda. ¿Quién es este?
Era la señora Hilbery, que buscaba la puerta. ¡Qué tarde se estaba haciendo! Y, murmuraba, a medida que la noche avanzaba, a medida que la gente se iba, uno encontraba viejos amigos; rincones y recovecos tranquilos; y las vistas más encantadoras. ¿Sabían, preguntaba, que estaban rodeados por un jardín encantado? Luces y árboles y maravillosos lagos resplandecientes y el cielo. ¡Unas cuantas lamparitas de hadas, había dicho Clarissa Dalloway, en el jardín trasero! ¡Pero ella era una maga! Era un parque. … Y no sabía sus nombres, pero sabía que eran amigos, amigos sin nombres, canciones sin