desciende, se derrama sobre los perfiles de casas y torres; las laderas desoladas se suavizan y se desploman. Pero aunque se hayan ido, la noche está llena de ellas; despojadas de color, vacías de ventanas, existen con más pesadez, emiten lo que la luz franca del día no logra transmitir—el problema y la zozobra de las cosas congregadas allí en la oscuridad; apiñadas en la oscuridad; despojadas del alivio que el alba trae cuando, lavando las paredes de blanco y gris, salpicando cada cristal de ventana, levantando la bruma de los campos, mostrando a las vacas rojo-marrones paciendo pacíficamente, todo se engalana una vez más a la vista; vuelve a existir.
—¡Estoy sola; estoy sola! —gritó, junto a la fuente de Regent’s Park (mirando fijamente al indio y su cruz), como tal vez a medianoche, cuando se pierden todos los límites, el país vuelve a su forma ancestral, tal como lo vieron los romanos, tendido nublado, al desembarcar, y las colinas no tenían nombres y los ríos serpenteaban no sabían dónde—, tal era su oscuridad; cuando de repente, como si se extendiera un anaquel y ella se parara en él, dijo cómo era su esposa, casada hacía años en Milán, su esposa, ¡y nunca, nunca diría que él estaba loco!
Al volverse, la estantería cayó; abajo, abajo cayó ella. Pues él se había ido, pensaba ella —ido, tal como había amenazado, a suicidarse—, ¡a tirarse debajo de un carro! Pero no; ahí estaba; todavía sentado solo en el banco, con su abrigo raído, las piernas cruzadas, mirando fijamente, hablando en voz alta.
Los hombres no deben cortar los árboles. Hay un Dios. > (Apuntaba tales revelaciones en los sobres por detrás.) Cambiad el mundo. Nadie mata por odio. Hágase saber (lo puso por escrito). Esperó. Escuchó. Un gorrión posado en la barandilla de