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nydus/Mrs. DallowayPublic
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La señora Dalloway

treinta segundos todas las cabezas se inclinaron en la misma dirección: hacia el escaparate. Eligiendo un par de guantes —¿debían ser hasta el codo o por encima, de color limón o gris pálido?—, las damas se detenían; cuando la frase terminaba, algo había ocurrido. Algo tan insignificante en cada caso particular que ningún instrumento matemático, por capaz que fuera de transmitir sacudidas a China, habría podido registrar la vibración; y sin embargo, en su plenitud, bastante formidable y, en su llamamiento común, emotivo; pues en todas las sombrererías y sastrerías los desconocidos se miraban y pensaban en los muertos; en la bandera; en el Imperio. En una taberna de una callejiza trasera, un colonial insultó a la Casa de Windsor, lo que dio lugar a palabras mayores, vasos de cerveza rotos y una trifulca general, que resonó extrañamente al otro lado en los oídos de unas muchachas que compraban ropa blanca interior pasada con cinta de pura blancura para sus bodas. Pues la agitación superficial del coche que pasaba, al disiparse, rozó algo muy profundo.

Deslizándose por Piccadilly, el automóvil dobló hacia St. James’s Street. Hombres altos, hombres de físico robusto, hombres bien vestidos con sus frac, sus chalecos blancos y el cabello peinado hacia atrás que, por razones difíciles de distinguir, estaban de pie en el ventanal de White’s con las manos detrás de las faldas de sus abrigos, mirando hacia afuera, percibieron instintivamente que la grandeza iba pasando, y la pálida luz de la presencia inmortal cayó sobre ellos como había caído sobre Clarissa Dalloway. Al instante se pusieron aún más rectos, y retiraron las manos, y parecieron listos para acompañar a su Soberano, si fuera necesario, hasta la boca del cañón, como sus antepasados lo habían hecho antes que ellos. Los bustos blancos y las pequeñas mesas al fondo cubiertas

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