capaz de hacer un paquete, tenía un ojo maravilloso, y a menudo acertaba, a veces de un modo absurdo, por supuesto, pero a veces con un acierto maravilloso.
“¡Tendrá un sombrero hermoso!”, murmuró, levantando éste y aquél, mientras Rezia se arrodillaba a su lado, mirando por encima de su hombro.
Ahora ya estaba terminado—es decir, el diseño; ella debía coserlo. Pero debía tener mucho, muchísimo cuidado, dijo, en dejarlo tal y como él lo había hecho.
Así que cosía. Cuando cosía, pensaba él, producía un sonido como el de una tetera en el fogón; burbujeante, murmurante, siempre atareada, sus fuertes deditos puntiagudos pellizcando y hurgando; su aguja destellando recta. El sol podía entrar y salir, sobre las borlas, sobre el papel pintado, pero él esperaría, pensaba, estirando los pies, mirando su calcetín anillado al final del sofá; esperaría en este lugar cálido, este bolsillo de aire quieto, con el que a