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nydus/Mrs. DallowayPublic
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La señora Dalloway

vez; separándose para siempre, tal vez; algo pasaba, bien lo sabía ella; y ahora toda esta gente (pues regresó al Broad Walk), los estanques de piedra, las flores bien cortadas, los hombres y mujeres ancianos, inválidos la mayoría en sillas de ruedas⁠— todo parecía, después de Edimburgo, tan extraño.

Y Maisie Johnson, al unirse a aquella compañía de pasos lentos, miradas vagas y besada por la brisa —con las ardillas posándose y arreglándose el pelaje, las fuentes de gorriones revoloteando por las migas, los perros ocupados con las verjas, ocupados unos con otros, mientras el aire suave y cálido los envolvía y confería a la mirada fija y sin sorpresa con la que recibían la vida algo caprichoso y enternecido⁠—, Maisie Johnson sintió de veras que tenía que exclamar ¡Ay! (pues aquel joven del banco le habíadado un vuelco al corazón. Algo pasaba, bien lo sabía).

¡Horror! ¡horror!, quería gritar. (Había dejado a su gente; ellos le habían advertido lo que pasaría).

¿Por qué no se había quedado en casa?, exclamó, girando el pomo de la barandilla de hierro.

Esa muchacha, pensó la señora Dempster (que guardaba los mendrugos para las ardillas y a menudo almorzaba en Regent’s Park), no sabe nada todavía; y la verdad es que le parecía mejor ser un poco robusta, un poco blanda, un poco moderada en las expectativas de una. Percy bebió. Bueno, más vale tener un hijo, pensó la señora Dempster. Ella las había pasado canutas, y no pudo evitar sonreír ante una muchacha así. Ya te casarás, que guapa eres de sobra, pensó la señora Dempster. Cásate, pensó, y entonces lo sabrás. Ay, los cocineros, y todo eso. Cada hombre tiene sus manías. Pero si yo hubiera elegido así como así de haberlo sabido, pensó la señora Dempster, y no pudo evitar el deseo de

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