con gente que compartiera sus puntos de vista sobre los alemanes. Había tenido que marcharse. Era verdad que la familia era de origen alemán —escribían el apellido Kiehlman en el siglo XVIII—, pero su hermano había muerto. ¡La echaron porque no quiso fingir que todos los alemanes eran unos villanos—cuando tenía amigos alemanes, cuando los únicos días felices de su vida los había pasado en Alemania! Y, al fin y al cabo, ella sabía leer historia. Había tenido que aceptar lo que pudiera conseguir. El señor Dalloway la había encontrado trabajando para los Cuáqueros. Le había permitido (y eso fue verdaderamente generoso por su parte) enseñarle historia a su hija. También daba algunas conferencias de Extensión Universitaria y cosas así. Luego Nuestro Señor había acudido a ella (y aquí siempre inclinaba la cabeza). Había visto la luz hacía dos años y tres meses. Ahora no envidiaba a mujeres como Clarissa Dalloway; las compadecía.
Los compadecía y los despreciaba desde el fondo de su corazón, mientras estaba de pie sobre la alfombra blanda, mirando el viejo grabado de una niña con un manguito. Con todo este lujo en marcha, ¿qué esperanza había de un estado de cosas mejor? En vez de estar tumbada en un sofá —«Mi madre está descansando», había dicho Elizabeth—, debería haber estado en una fábrica; detrás de un mostrador; ¡la señora Dalloway y todas las demás elegantes damas!
Amarga y ardiente, la señorita Kilman había entrado en una iglesia hacía dos años y tres meses. Había escuchado predicar al reverendo Edward Whittaker; cantar a los niños; había visto descender las luces solemnes, y ya fuera por la música o por las voces (ella misma, cuando se quedaba sola por la tarde, encontraba consuelo en el violín; pero el sonido era espantoso; no tenía oído), los sentimientos cálidos y turbulentos que