—Estoy enamorado —dijo, aunque no a ella, sino a alguien alzada en la oscuridad de modo que no podías tocarla, sino que debías dejar tu guirnalda sobre la hierba en la oscuridad.
—Enamorado —repitió, hablando ahora con cierta sequedad a Clarissa Dalloway—; enamorado de una muchacha en la India. Había depositado su guirnalda. Clarissa podía hacer con aquello lo que quisiera.
—¡Enamorado! —dijo.
¡Que él, a su edad, se dejara tragar con su pajarita por ese monstruo! ¡Y no tiene carne en el cuello; sus manos son rojas; y es seis meses mayor que yo!
su propia mirada le devolvió el destello; pero en su corazón sintió, a pesar de todo, él está enamorado. Eso lo tiene, sintió; él está enamorado.
Pero el indomable egoísmo que siempre atropella a las huestes que se le oponen, el río que dice adelante, adelante, adelante; aun cuando, como ella admite, tal vez no haya para