por la mañana en plena temporada; sus banderas ondeando; sus tiendas; sin ostentación; sin brillo; un rollo de tweed en la tienda donde su padre se había comprado los trajes durante cincuenta años; unas pocas perlas; salmón sobre un bloque de hielo.
“Eso es todo”, dijo, mirando hacia la pescadería.
“Eso es todo”, repitió, deteniéndose un momento ante el escaparate de una tienda de guantes donde, antes de la guerra, se podían comprar guantes casi perfectos. Y su viejo tío William solía decir que a una dama se la conoce por los zapatos y por los guantes. Se había girado en la cama una mañana, en plena guerra. Había dicho: “Ya he tenido bastante”.
Guantes y zapatos; sentía pasión por los guantes; pero su propia hija, su Elizabeth, no daba un bledo por ninguno de los dos.
Ni un ápice, pensó, subiendo por Bond Street hacia una tienda donde le guardaban flores para cuando daba una fiesta.
Elizabeth, en verdad, era a su perro a quien más quería. Toda la casa olía hoy a alquitrán.
Aun así, más valía la pobre Grizzle que la señorita Kilman; ¡más valía el moquillo y el alquitrán y todo lo demás que estar encerrada en un dormitorio cargado con un libro de oraciones! Más valía cualquier cosa, se inclinaba a pensar.
Pero tal vez fuera solo una etapa, como decía Richard, de esas por las que pasan todas las chicas. Tal vez fuera enamorarse. ¿Pero por qué de la señorita Kilman? A quien habían tratado muy mal, por supuesto; había que tener eso en cuenta, y Richard decía que era muy capaz, con una mente verdaderamente histórica. De todos modos eran inseparables, y Elizabeth, su propia hija, iba a comunión; y cómo se vestía, cómo trataba a la gente que venía a almorzar no le importaba en