fiereza, más bien con ademanes impacientes de las manos, semejantes a los de un pintor que rechaza una impostura evidente, bienintencionada y chillona; y luego, con generosidad, mas siempre con sentido crítico, recibía con agrado a una dependienta que se había apañado su faldita con gracia, o alababa por completo, con entusiasmo y comprensión profesional, a una dama francesa que descendía de su carruaje, envuelta en chinchilla, abrigos, perlas.
—¡Qué belleza! —murmuraba, dándole un codazo a Septimus para que lo viera. Pero la belleza estaba detrás de un cristal. Ni siquiera el gusto (a Rezia le gustaban los helados, los chocolates, las cosas dulces) le provocaba ya placer. Dejó la taza sobre la mesita de mármol. Miró a la gente de afuera; parecían felices, congregándose en medio de la calle, gritando, riendo, disputando por nada. Pero él no podía saborear, no podía sentir. En la tetería, entre las mesas y los camareros parlanchines, lo invadió un miedo espantoso: no podía sentir. Podía razonar; podía leer, a Dante por ejemplo, con toda facilidad («Septimus, deja ya el libro», decía Rezia, cerrando suavemente el Infierno), podía sumar su cuenta; su cerebro funcionaba a la perfección; la culpa de que no pudiera sentir tenía que ser, por lo tanto, del mundo.
—Los ingleses son muy silenciosos —dijo Rezia. Le gustaba, decía. Respetaba a esos ingleses y quería ver Londres, y los caballos ingleses, y los trajes hechos a medida, y recordaba haber oído lo maravillosas que eran las tiendas, de parte de una tía que se había casado y vivía en Soho.
Podría ser posible, pensó Septimus, mirando Inglaterra desde la ventanilla del tren, al salir de Newhaven; podría ser posible que el mundo en sí careciera de significado.
En la oficina lo ascendieron a un puesto de considerable responsabilidad. Estaban orgullosos de él; había ganado