gateantes, como si una lámpara amarilla se moviera por debajo).
Pero ¿qué se podía hacer por las vagabundas como aquella pobre criatura, apoyada sobre el codo (como si se hubiera arrojado a la tierra, libre de todo vínculo, para observar con curiosidad, especular con osadía, sopesar los porqués y los forqués, descarada, de labios flojos, socarrona)?, no lo sabía.
Llevando sus flores como un arma, Richard Dalloway se le acercó; pasó junto a ella abstraído; aún hubo tiempo para que saltara una chispa entre ambos—ella se rio al verle, él sonrió de buen humor, considerando el problema de la vagabunda; no es que fueran a hablar jamás.
Pero él le diría a Clarissa que la amaba, con todas las letras. Había estado celoso, en otro tiempo, de Peter Walsh; celoso de él y de Clarissa. Pero ella le había dicho a menudo que había hecho bien en no casarse con Peter Walsh; lo cual, conociendo a Clarissa, era evidentemente verdad; ella necesitaba apoyo. No es que fuera débil; pero necesitaba apoyo.
En cuanto al Palacio de Buckingham (como una vieja prima donna frente al público, todo de blanco), no se le puede negar cierta dignidad, consideró, ni despreciar lo que, al fin y al cabo, representa para millones de personas (una pequeña multitud esperaba en la verja para ver salir al rey) como un símbolo, por absurdo que sea; un niño con una caja de bloques lo habría hecho mejor, pensó, al mirar el monumento a la reina Victoria (a quien recordaba con sus gafas de concha paseando en coche por Kensington), su montículo blanco, su maternalismo ondulante; pero le gustaba estar gobernado por el descendiente de Horsa; le gustaba la continuidad; y la sensación de transmitir las tradiciones del pasado. Era una gran época para haber vivido. En verdad, su propia vida