acorrazado para un combate primigenio), cómo, segundo a segundo, la idea de ella disminuía, cómo el odio (que iba dirigido a las ideas, no a las personas) se desmoronaba, cómo perdía su malignidad, su tamaño, y se convertía segundo a segundo meramente en la señora Kilman, con un impermeable, a la que Dios sabe que a Clarissa le habría gustado ayudar.
Ante este achicamiento del monstruo, Clarissa se echó a reír. Al despedirse, se rio.
Allí se fueron juntas, la señorita Kilman y Elizabeth, escaleras abajo.
Con un impulso repentino, con una angustia violenta, pues aquella mujer le estaba arrebatando a su hija, Clarissa se inclinó sobre la barandilla y gritó: «¡Acuérdate de la fiesta! ¡Acuérdate de nuestra fiesta de esta noche!».
Pero Elizabeth ya había abierto la puerta de calle; pasaba una camioneta; no contestó.
¡El amor y la religión!, pensó Clarissa, volviendo al salón, con un cosquilleo por todo el