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nydus/Mrs. DallowayPublic
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La señora Dalloway

en eso se equivocaban.

Sir William tenía un amigo en Surrey donde enseñaban lo que Sir William admitía francamente que era un arte difícil: el sentido de la proporción. Había, además, afecto familiar; honor; valor; y una brillante carrera. Todos ellos tenían en Sir William a un defensor resuelto. Si le fallaban, tenía para apoyarse a la policía y al bien de la sociedad, que, según observaba muy calmadamente, se encargarían, allá en Surrey, de que estos impulsos antisociales, engendrados más que nada por la falta de buena sangre, se mantuvieran bajo control.

Y entonces salió furtivamente de su escondite y montó en su trono aquella Diosa cuyo deseo es pisotear la oposición, estampar indeleblemente en los santuarios ajenos su propia imagen. Desnudos, indefensos, los exhaustos, los desamparados recibieron la impronta de la voluntad de Sir William. Él se abalanzaba; devoraba. Encerraba a la gente. Fue esta combinación de decisión y humanidad

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