cuervo que, siendo malicioso y un gran destructor de cosechas, era exactamente igual a él. Nadie podía separarlos, dijo.
Luego se levantó para ir al dormitorio a hacer las maletas, pero al oír voces abajo y pensar que tal vez el doctor Holmes había llamado, corrió escaleras abajo para evitar quesubiera.
Septimus podía oírla hablando con Holmes en la escalera.
—Estimada señora, he venido como amigo —decía Holmes.
—No. No le permitiré ver a mi esposo —dijo ella.
Podía verla, como a una gallinita, con las alas extendidas impidiéndole el paso. Pero Holmes perseveró.
—Mi querida señora, permítame… —dijo Holmes, haciéndola a un lado (Holmes era un hombre de complexión robusta).
Holmes venía subiendo la escalera. Holmes abriría la puerta de golpe. Holmes diría: «Atemorizado, ¿eh?». Holmes lo atraparía. Pero no; no Holmes; no Bradshaw. Incorporándose con bastante inestabilidad, cojeando de hecho de un pie a otro, contempló el bonito y limpio cuchillo de pan de la señora Filmer, con la palabra «Pan» esculpida en el mango. Ah, pero uno no debe estropear eso. ¿La estufa de gas? Pero ya era demasiado tarde. Holmes venía. Podría haber conseguido unas cuchillas de afeitar, pero Rezia, que siempre se encargaba de esa clase de cosas, las había empacado. Solo quedaba la ventana, la gran ventana de la pensión de Bloomsbury, el asunto tedioso, molesto y bastante melodramático de abrir la ventana y arrojarse al vacío. Era la idea que ellos tenían de la tragedia, no la suya ni la de Rezia (porque ella estaba con él). A Holmes y a Bradshaw les gustaba ese tipo de cosas. (Se sentó en el alféizar). Pero esperaría hasta el último momento. No quería morir. La vida era buena. El sol calentaba. ¿Solo los seres humanos? Bajando por la escalera de enfrente, un viejo se detuvo y se quedó mirándolo.