la señora Peters lo había elegido.
Se lo quitó de las manos. Dijo que era el sombrero del mono de un organillero.
¡Cómo le regocijaba eso! Desde hacía semanas no se reían así juntos, bromeando en privado como la gente casada. Lo que quería decir era que si la señora Filmer hubiera entrado, o la señora Peters o quien fuera, no habrían entendido de qué se reían ella y Septimus.
—Listo —dijo, colocando un alfiler con una rosa a un lado del sombrero—. ¡Nunca se había sentido tan feliz! ¡Nunca en su vida!
Pero eso era todavía más ridículo, decía Septimus. Ahora la pobre mujer parecía un cerdo en una feria.
(Nadie la había hecho reír nunca como Septimus.)
¿Qué tenía en su costurero? Tenía cintas y cuentas, borlas, flores artificiales. Los volcó sobre la mesa. Él empezó a juntar colores extraños; pues aunque no tenía dedos, ni siquiera era