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nydus/Mrs. DallowayPublic
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La señora Dalloway

con la fuente entre los dos, cuyo caño (estaba roto) goteaba agua sin cesar. ¡Cómo se graban las imágenes en la mente! Por ejemplo, el verde intenso del musgo.

Ella no se movía. «Dime la verdad, dime la verdad», seguía diciendo él. Sentía como si fuera a estallarle la frente. Ella parecía encogida, petrificada. Ella no se movía. «Dime la verdad», repitió, cuando de repente aquel viejo Breitkopf asomó la cabeza cargando con el Times; los miró fijamente; se quedó boquiabierto; y se marchó. Ninguno de los dos se movió. «Dime la verdad», repitió. Sentía que estaba chocando contra algo físicamente duro; ella era inflexible. Era como el hierro, como el pedernal, rígida hasta la espina dorsal. Y cuando ella dijo: «No sirve de nada. No sirve de nada. Esto es el fin»⁠ —después de que él hubiera hablado durante horas, al parecer, con las lágrimas rodándole por las mejillas⁠— fue como si ella le hubiera golpeado en la cara. Ella se dio la vuelta, lo dejó, se fue.

—¡Clarissa! —gritó—. ¡Clarissa!

Pero ella nunca volvió. Había terminado. Se marchó esa misma noche. Nunca volvió a verla.

—¡Fue horrible —gritó—, horrible, horrible!

Aun así, el sol calentaba. Aun así, uno terminaba por superar las cosas. Aun así, la vida se apañaba para ir sumando día tras día. Aun así, pensó bostezando y empezando a prestar atención —el parque de Regent’s había cambiado muy poco desde que era un muchacho, a excepción de las ardillas—, aun así, cabía suponer que había compensaciones— cuando la pequeña Elise Mitchell, que había estado recogiendo piedrecitas para añadirlas a la colección de guijarros que ella y su hermano hacían en la chimenea de la guardería, dejó caer de golpe su puñado sobre las rodillas de la niñera y salió disparada de nuevo a toda velocidad contra las piernas

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