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nydus/Mrs. DallowayPublic
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La señora Dalloway

pobre señora; el pelo suelto, el paquete en el suelo. Ella no lo dejó pasar de inmediato. Pero, mientras él se quedaba mirando a su alrededor, los mármoles blancos, los cristales grises de las ventanas y los tesoros acumulados (pues estaba sumamente orgulloso de la Abadía), la amplitud, la robustez y la fuerza de ella, sentada allí cambiando de postura las rodillas de vez en vez (tan abrupto era el acercamiento a su Dios, tan recios sus deseos), lo impresionaron, como habían impresionado a la señora Dalloway (no pudo sacársela de la cabeza en toda esa tarde), al reverendo Edward Whittaker y a Elizabeth también.

Y Elizabeth esperó en Victoria Street un autobús. Qué agradable era estar al aire libre. Pensó que tal vez no tenía por qué irse a casa todavía. Qué agradable era estar al aire libre. Así que se subiría a un autobús. Y ya, incluso mientras estaba allí de pie, con su ropa tan bien cortada, aquello estaba empezando. ⁠… La gente empezaba a compararla con álamos, el amanecer, jacintos, cervatillos, agua corriente y lirios de jardín; y eso le hacía la vida imposible, porque prefería con mucho que la dejaran en paz haciendo lo que le gustaba en el campo, pero no paraban de compararla con lirios, y tenía que ir a fiestas, y Londres era tan sombrío en comparación con estar sola en el campo con su padre y los perros.

Los autobuses llegaban en picada, frenaban, arrancaban de nuevo: caravanas estridentes, relucientes de barniz rojo y amarillo. ¿Pero en cuál debería subir? No tenía preferencias. Desde luego, no iba a abrirse paso a empujones. Se inclinaba a la pasividad. Lo que necesitaba era expresarse, pero tenía los ojos hermosos, chinos, orientales, y, como decía su madre, con unos hombros tan lindos y erguida como iba, siempre

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