gran intimidad, y hubiera pasado de uno a otro y se hubiera marchado, como una abeja con miel, cargada con el instante. ¿Pero qué habitación? ¿Qué momento? ¿Y por qué había sido tan profundamente feliz cuando daba el reloj?
Entonces, al languidecer el eco de Santa Margarita, pensó, ella ha estado enferma, y el sonido expresó languidez y sufrimiento. Era su corazón, recordó; y la repentina estridencia del último golpe doblaba por una muerte que sorprende en plena vida, con Clarissa desplomándose allí donde estaba, en su salón.
¡No! ¡No!, gritó. ¡Ella no está muerta! No soy viejo, gritó, y marchó calle arriba por Whitehall, como si rodara hacia él, vigoroso, sin fin, su porvenir.
No era viejo, ni estirado, ni estaba seco en lo más mínimo. En cuanto a importarle lo que dijeran de él —los Dalloway, los Whitbread y su camarilla—, no le importaba un bledo, ni un bledo (aunque era verdad que tendría que ver, tarde o temprano, si Richard no podía ayudarle a conseguir algún trabajo). A zancadas, con la mirada fija, fulminó con los ojos la estatua del duque de Cambridge. Lo habían expulsado de Oxford, es verdad. Había sido socialista, en cierto modo un fracasado, es verdad. Aun así, el porvenir de la civilización está, pensaba, en manos de jóvenes como ese; de jóvenes como él lo había sido treinta años atrás; con su amor por los principios abstractos; haciendo que les mandaran libros desde Londres hasta un pico en el Himalaya; leyendo ciencia; leyendo filosofía. El porvenir está en manos de jóvenes como ese, pensaba.
Un rumor como el rumor de las hojas en un bosque vino de atrás, y con él un sonido crujiente y de golpes regulares que, al alcanzarlo, tamborileó sus pensamientos, con paso firme, calle arriba por Whitehall, sin que él hiciera