y todo lo demás, y sospechando más que de sobra por las palabras de una muchacha, por la risa de una criada —cosas intangibles a las que no se les podía hincar el mano— ese cambio en toda la acumulación piramidal que en su juventud había parecido inamovible. Sobre ellos había presionado; los había agobiado, a las mujeres especialmente, como aquellas flores que la tía Helena de Clarissa solía prensar entre hojas de secante gris con el diccionario de Littré encima, sentada bajo la lámpara después de cenar.
Ahora estaba muerta. Había oído hablar de ella, por Clarissa, a causa de la pérdida de la vista en un ojo. Le parecía de lo más adecuado —una de las obras maestras de la naturaleza— que la vieja señorita Parry se fuera convirtiendo en cristal. Moriría como un pájaro en una helada, aferrada a su percha. Pertenecía a una época distinta, pero al ser tan íntegra, tan completa, se mantendría siempre en pie en el horizonte, de un blanco marmóreo, eminente, como un faro que señalara alguna etapa pasada en este largo, larguísimo y aventurero viaje, en esta interminable (buscó una moneda de cobre para comprar un periódico y leer sobre el Surrey y el Yorkshire; había sostenido esa moneda de cobre millones de veces; el Surrey volvía a estar todo out) —en esta interminable vida.
Pero el críquet no era un simple juego. El críquet era importante. Nunca podía evitar leer sobre críquet. Primero leía los resultados en las últimas noticias, luego cómo hacía un día caluroso; después, sobre un caso de asesinato. Haber hecho las cosas millones de veces las enriquecía, aunque pudiera decirse que les quitaba la capa superficial. El pasado enriquecía, y la experiencia, y haberse importado una o dos personas, y haber adquirido así el poder del que carecen los