sosteniéndolos con bastante rigidez, con casi la misma actitud con que el General sostenía el pergamino en el cuadro situado a sus espaldas; permaneció inmóvil, hechizada. ¿Cuál era ahora, la bisnieta del General? ¿tataranieta?, se preguntó Richard Dalloway. Sir Roderick, Sir Miles, Sir Talbot—eso era. Era notable cómo en aquella familia el parecido persistía en las mujeres. Ella misma debería haber sido general de dragones. Y Richard habría servido a sus órdenes, de buen grado; le tenía el mayor respeto; abrigaba esas ideas románticas sobre ancianas de abolengo y bien plantadas, y le habría gustado, con su buen humor, traer a almorzar con ella a algunos jóvenes exaltados de su conocimiento; ¡como si un tipo como el suyo pudiera criarse a base de amables entusiastas bebedores de té! Él conocía su región. Conocía a su gente. Había una parra, que aún daba frutos, bajo la cual Lovelace o Herrick—ella nunca leía un solo verso de poesía por iniciativa propia, pero así corría la historia—se había sentado. Más valía esperar para plantearles la cuestión que la preocupaba (acerca de hacer un llamamiento al público; y de ser así, en qué términos y demás), más valía esperar a que tomaran el café, pensó Lady Bruton; y así dejó los claveles a un lado de su plato.
—¿Cómo está Clarissa? —preguntó de repente.
Clarissa siempre decía que a lady Bruton no le caía bien. En verdad, lady Bruton tenía fama de interesarse más por la política que por la gente; de hablar como un hombre; de haber metido las narices en alguna intriga notoria de los años ochenta, que ahora empezaba a mencionarse en las memorias. Desde luego, había una hornacina en su salón, y una mesa en esa hornacina, y una fotografía sobre esa mesa del general sir Talbot Moore, ya difunto, que había escrito allí