pensó, mientras cruzaba la hierba paseando.
Esta susceptibilidad a las impresiones había sido su perdición, sin duda. A su edad todavía tenía, como un muchacho o incluso una muchacha, estos cambios de humor; días buenos, días malos, sin motivo alguno, la felicidad provocada por un rostro bonito, la más absoluta miseria al ver a una mujer desaliñada.
Después de la India, por supuesto, uno se enamoraba de cada mujer que encontraba. Había en ellas una frescura; hasta la peor vestida iba mejor que hace cinco años, sin duda; y, a su juicio, la moda nunca había sido tan favorecedora; los largos abrigos negros; la esbeltez; la elegancia; y luego esa deliciosa y aparentemente universal costumbre del maquillaje.
Todas las mujeres, incluso las más respetables, lucían rosas floreciendo bajo cristal; labios cortados con cuchillo; rizos de tinta china; había diseño, arte, en todas partes; sin lugar a dudas se había producido algún tipo de cambio. ¿En qué pensaban los jóvenes?, se preguntó Peter Walsh.
Aquellos cinco años—de 1918 a 1923—habían sido, según sospechaba, de algún modo muy importantes. La gente tenía otro aspecto. Los periódicos parecían distintos. Ahora, por ejemplo, había un hombre que escribía con toda naturalidad en uno de los semanarios respetables sobre inodoros. Eso no se habría podido hacer diez años atrás—escribir con toda naturalidad sobre inodoros en un semanario respetable. Y luego esto de sacar una barrita de carmín o una borla de polvos y arreglarse en público. A bordo del barco de vuelta había muchísimos jóvenes y chicas—Betty y Bertie, recordaba en particular—, que se coqueteaban con toda naturalidad; la anciana madre los miraba con su labor de punto, tan fresca como una lechuga. La chica se detenía y se polvi-zaba la nariz delante de todo el mundo. Y no estaban prometidos; simplemente se lo pasaban bien; sin que nadie