un anillo de rubí.
Quizás aquel verano vino a alojarse en Bourton, presentándose de improviso sin un céntimo en el bolsillo, una noche después de cenar, y alterando tanto a la pobre tía Helena que jamás se lo perdonó.
Había habido alguna disputa en casa. Literalmente no tenía ni un céntimo aquella noche cuando fue a verlos; había empeñado un broche para poder bajar. Se había marchado de arrebato en un ataque de furia.
Se quedaron levantados hasta las tantas de la noche charlando. Fue Sally quien le hizo sentir, por primera vez, cuán protegida era la vida en Bourton. Ella no sabía nada de sexo, ni de problemas sociales. Había visto una vez a un viejo que se había desplomado muerto en un campo; había visto vacas justo después de que nacieran sus terneros.
Pero a la tía Helena nunca le gustó que se discutiera de nada (cuando Sally le regaló un libro de William Morris, tuvieron que envolverlo en papel de estraza).
Allí se sentaban, hora tras hora, hablando en su dormitorio en lo más alto de la casa, hablando de la vida, de cómo iban a reformar el mundo. Tenían la intención de fundar una sociedad para abolir la propiedad privada, y de hecho tenían una carta escrita, aunque no enviada. Las ideas eran de Sally, por supuesto, pero muy pronto ella estaba igual de entusiasmada: leía a Platón en la cama antes de desayunar; leía a Morris; leía a Shelley horas y horas.
El poder de Sally era asombroso, su don, su personalidad. Estaba su manera de tratar las flores, por ejemplo. En Bourton siempre ponían unos floreros pequeños y rígidos a todo lo largo de la mesa. Sally salía, cogía malvarrosas, dalias —toda clase de flores que jamás se habían visto juntas—, les cortaba los tallos y las