dijo Richard Dalloway. “Sí”.
¿Pero qué más se podía decir?
—Hola, Richard —dijo alguien, cogiéndolo por el codo, y, válgame Dios, ahí estaba el viejo Peter, el viejo Peter Walsh. ¡Le encantaba verlo, muchísimo! No había cambiado ni un ápice. Y allá se fueron juntos cruzando la estancia, dándose golpecitos cariñosos, como si hacía mucho que no se veían, pensó Ellie Henderson, viéndolos marchar, segura de conocer la cara de aquel hombre. Un hombre alto, de mediana edad, de ojos bastante bonitos, oscuros, con gafas, y un cierto parecido a John Burrows. Edith seguro que lo sabría.
La cortina con su vuelo de aves del paraíso volvió a soplar hacia fuera. Y Clarissa vio—vio a Ralph Lyon apartarla a golpes y seguir hablando. ¡Así que no era un fracaso después de todo! Iba a salir bien ahora—su fiesta. Había empezado. Se había puesto en marcha. Pero aún estaba por verse. Tenía que quedarse allí por el momento. La gente parecía entrar en tropel.
El coronel y la señora Garrod… el señor Hugh Whitbread… el señor Bowley… la señora Hilbery… lady Mary Maddox… el señor Quin… entonó Wilkin. Intercambió seis o siete palabras con cada uno, y siguieron adelante, entraron en las habitaciones; en algo ahora, no en la nada, desde que Ralph Lyon había descorrido la cortina.
Y, sin embargo, por su parte, le costaba demasiado esfuerzo. No lo estaba disfrutando. Se parecía demasiado a ser —simplemente cualquiera, de pie allí; cualquiera podría hacerlo; y sin embargo, a esta cualquiera la admiraba un poco, no podía evitar sentir que ella, de algún modo, había hecho que esto sucediera, que marcaba una etapa, este poste en el que sentía haberse convertido, pues, curiosamente, había olvidado por completo qué aspecto tenía, pero se sentía como una estaca clavada en lo alto de su escalera. Cada