de los Comunes y vuelta y todo eso, pensó, volviéndose cada vez más irritado, cada vez más agitado, porque no hay nada en el mundo tan malo para ciertas mujeres como el matrimonio, pensó; y la política; y tener un marido conservador, como el admirable Richard. Así es, así es, pensó, cerrando su navaja con un chasquido.
“Richard está muy bien. Richard está en una comisión”, dijo Clarissa.
Y abrió las tijeras, y dijo que si le importaba que terminara de arreglarse el vestido, pues tenían una fiesta esa noche.
—Lo cual no voy a pedirte que hagas —dijo ella—. ¡Querido Peter! —dijo.
Pero era delicioso oírselo decir: ¡mi querido Peter! En verdad, todo era tan delicioso: la plata, las sillas; ¡todo tan delicioso!
¿Por qué no iba a invitarlo a su fiesta?, preguntó él.
Ahora, por supuesto, pensó Clarissa, ¡es encantador! ¡perfectamente encantador! Ahora recuerdo lo imposible que era decidirse jamás