lo que hizo a Sir William tan entrañable para los familiares de sus víctimas.
Pero Rezia Warren Smith gritó, caminando por Harley Street, que no le gustaba ese hombre.
Triturando y rebanando, dividiendo y subdividiendo, los relojes de Harley Street mordisqueaban el día de junio, aconsejaban la sumisión, defendían la autoridad y señalaban a coro las supremas ventajas de tener sentido de la proporción, hasta que el montón del tiempo quedó tan disminuido que un reloj comercial, suspendido sobre una tienda en Oxford Street, anunció, cordial y fraternalmente, como si para los señores Rigby y Lowndes fuera un placer dar la información gratis, que era la una y media.
Mirando hacia arriba, parecía que cada letra de sus nombres correspondía a una de las horas; de forma inconsciente, uno se sentía agradecido con Rigby y Lowndes por darle a uno una hora ratificada por Greenwich; y esta gratitud (según cavilaba Hugh Whitbread, deteniéndose allí frente al escaparate de la tienda) adoptaba naturalmente más tarde la forma de comprarle a Rigby y Lowndes calcetines o zapatos. Así cavilaba. Era su costumbre. No profundizaba. Rozaba las superficies; las lenguas muertas, las vivas, la vida en Constantinopla, París, Roma; la equitación, la caza, el tenis, lo había sido una vez. Los maliciosos afirmaban que ahora mont guardia en el Palacio de Buckingham, vestido con medias de seda y calzones cortos, sobre lo que nadie sabía. Pero lo hacía con extrema eficacia. Había flotado sobre la crema de la sociedad inglesa durante cincuenta y cinco años. Había conocido a primeros ministros. Se entendía que sus afectos eran profundos. Y si era cierto que no había tomado parte en ninguno de los grandes movimientos de la época ni había ocupado cargos importantes, una o dos reformas humildes abonaban su cuenta; * una mejora en los refugios públicos era