apoyada en el respaldo del sofá, se curvaba sobre un bastón imaginario como el que habrían empuñado sus abuelos, sosteniendo el cual parecía, adormecida y pesada, mandar batallones que marchaban hacia Canadá, y aquellos buenos muchachos caminando por Londres, ese territorio suyo, ese pedacito de alfombra, Mayfair.
Y se alejaban más y más de ella, unidos a ella por un hilo delgado (ya que habían almorzado con ella) que se estiraría y se estiraría, volviéndose más y más delgado a medida que caminaban por Londres; como si los amigos de uno estuvieran unidos al propio cuerpo, tras almorzar con ellos, por un hilo delgado, que (mientras ella dormitaba allí) se volvía borroso con el sonido de las campanas, dando las horas o llamando a los oficios, como el hilo de una sola araña se emborrona con las gotas de lluvia y, cargado, se hunde.
Así durmió.
Y Richard Dalloway y Hugh Whitbread dudaron en la esquina de Conduit Street en el mismo momento en que Millicent Bruton, tendida en el sofá, dejó que el hilo se rompiera; roncó. Vientos encontrados embates daban en la esquina de la calle. Miraron el escaparate de una tienda; no deseaban comprar ni hablar sino separarse, solo que, con vientos encontrados batiendo la esquina, con una suerte de lapso en las mareas del cuerpo, dos fuerzas encontrándose en un torbellino, la mañana y la tarde, hicieron una pausa. Un cartel de periódico se elevó por los aires, gallardo, como una cometa al principio, luego se detuvo, descendió en picada, aleteó; y el velo de una dama colgaba. Toldos amarillos temblaban. La velocidad del tráfico matutino disminuyó, y carros solitarios traqueteaban despreocupados por calles semivacías. En Norfolk, en lo que Richard Dalloway medio pensaba, un viento suave y cálido soplaba hacia atrás los pétalos; confundía las aguas; alborotaba las hierbas