buzón enfrente del Museo Británico, uno de ellos, un momento en el que las cosas confluían; esta ambulancia; y la vida y la muerte. Era como si lo hubieran succionado hasta lo más alto de un tejado con aquel torrente de emoción y el resto de él, como una playa blanca salpicada de conchas, hubiera quedado al descubierto. Había sido su perdición en la sociedad angloindia: esa sensibilidad.
Clarissa una vez, al subir con él a un ómnibus a cualquier parte, Clarissa superficialmente al menos, tan fácil de conmover, ahora desesperada, ahora de excelente humor, toda temblorosa en aquellos días y tan buena compañera, descubriendo escenas pintorescas, nombres, gente desde lo alto de un autobús, pues solían explorar Londres y traer bolsas llenas de tesoros del mercado de Caledonian—Clarissa tenía una teoría en aquellos días—tenían montones de teorías, siempre teorías, como suelen tener los jóvenes.
Era para explicar la sensación que tenían