ancestrales, estandartes colgando en la iglesia de su pueblo. Tenía sus deberes; sus arrendatarios; una madre y unas hermanas; había pasado todo el día en Lord’s, y de eso hablaban —de críquet, de primos, de cine— cuando la señora Dalloway se acercó. Al señor Gayton le gustaba muchísimo ella. Y a la señorita Blow también. Tenía unos modales tan encantadores.
—¡Es angélico... es encantador de tu parte haber venido! —dijo. Le encantaba Lord’s; le encantaba la juventud, y Nancy, vestida a un costo enorme por los más grandes artistas de París, estaba allí luciendo como si su cuerpo simplemente hubiera hecho brotar, por voluntad propia, un volante verde.
—Tenía la intención de que hubiera baile —dijo Clarissa.
Porque los jóvenes no sabían hablar. ¿Y para qué habrían de hacerlo? Gritar, abrazarse, columperse, levantarse al alba; llevar azúcar a los ponis; besar y acariciar los hocicos de adorables chows; y luego, con