no.
Y su madre venía a llamar a la puerta para decir que había llegado un cesto de Bourton y que si a la señorita Kilman le apetecían unas flores. Con la señorita Kilman ella era siempre muy, muy amable, pero la señorita Kilman estrujaba las flores haciéndolas un manojo, y carecía por completo de charla trivial, y lo que le interesaba a la señorita Kilman aburría a su madre, y la señorita Kilman y ella hacían una pareja terrible juntas; y la señorita Kilman se hinchaba y tenía un aspecto muy ordinario. Pero, en cambio, la señorita Kilman era rematadamente lista. Elizabeth jamás había pensado en los pobres. Ellos vivían con todo lo que deseaban—su madre desayunaba en la cama todos los días; Lucy se lo subía; y a ella le gustaban las viejas porque eran duquesas y descendían de algún lord. Pero la señorita Kilman dijo (una de aquellas mañanas de martes en que la lección había terminado): «Mi abuelo tenía una tienda de aceites y pinturas en Kensington». La señorita Kilman era completamente distinta a cualquier persona que ella conociera; a una la hacía sentirse tan poca cosa.
Miss Kilman tomó otra taza de té. Elizabeth, con su porte oriental, su misterio inescrutable, se sentaba perfectamente erguida; no, no quería nada más. Buscó sus guantes—sus guantes blancos. Estaban debajo de la mesa. ¡Ah, pero no debía irse! ¡Miss Kilman no podía dejarla marchar! ¡esta juventud que era tan hermosa, esta muchacha a quien amaba de verdad! Su mano grande se abría y se cerraba sobre la mesa.
Pero tal vez aquello resultaba de algún modo un poco soso, pensaba Elizabeth. Y la verdad es que le apetecía irse.
Pero dijo la señorita Kilman: «Aún no he terminado del todo».
Por supuesto, entonces, Elizabeth esperaría. Pero allí dentro hacía bastante calor.