en flor. Los segadores, que se habían tumbado bajo los setos para dormir la fatiga matutina, separaban cortinas de briznas verdes; movían globos temblorosos de cicuta para ver el cielo; el cielo azul, inquebrantable y ardiente del verano.
Consciente de que estaba mirando una copa jacobina de plata con dos asas, y de que Hugh Whitbread admiraba con condescendencia y aires de connoisseur un collar español cuyo precio pensaba preguntar por si a Evelyn le gustaba, Richard seguía aletargado; no podía pensar ni moverse. La vida había arrojado estos restos; escaparates llenos de pasta de colores, y uno se quedaba allí plantado con el letargo de los viejos, tieso con la rigidez de los viejos, mirando hacia dentro. A Evelyn Whitbread podría gustarle comprar este collar español; pues bien podría ser. Tenía que bostezar. Hugh iba a entrar en la tienda.
—¡Así es! —dijo Richard, siguiéndole.
Sabe Dios que él no quería ir a comprar collares con Hugh. Pero hay mareas en el cuerpo. La mañana se encuentra con la tarde. Llevado como una frágil balandra sobre hondas, hondísimas aguas, el bisabuelo de Lady Bruton, y sus memorias, y sus campañas en Norteamérica, se anegaron y se hundieron. Y Millicent Bruton también. Se fue a pique. A Richard le importaba un bledo lo que fuera de la Emigración; en cuanto a aquella carta, si el editor la publicaba o no. El collar pendía estirado entre los admirables dedos de Hugh. Que se lo regalara a una muchacha, si tenía que comprar joyas; a cualquier muchacha, a cualquier muchacha en la calle. Porque la futilidad de esta vida le golpeaba a Richard con bastante fuerza: comprar collares para Evelyn. Si hubiera tenido un muchacho, le habría dicho: Trabaja, trabaja. Pero tenía a su Elizabeth; adoraba a su Elizabeth.
—Me gustaría ver al señor Dubonnet